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The emoty art. —Priv. Abel—

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The emoty art. —Priv. Abel—

Mensaje por Björn Dietrich el Sáb Ene 02, 2016 12:10 am

Realmente el sistema de senpai/kohai que tenía la universidad era una de las excepciones del libre albedrío que tenían los estudiantes, normalmente se llevaba a cabo con estudiantes de penúltimo curso como él, quienes deberían pasar dos meses con alguien de primero para ayudarlos a integrarse en aquella vida. Muchos nada más entrar pensaban que simplemente debían dibujar, ser creativos, realmente no sabían que se estaban metiendo en la boca del lobo. Si bien tenían la suerte de no tener muchos exámenes, era cierto que eran constantemente acribillados a trabajos que durante todo el curso les ocupaba la mayoría de tiempo libre y que en verdad contaba como nota.  Recordaba perfectamente haber hecho 70 dibujos de manos en tres días para una de sus clases de primero. De ahí estaba el hecho de que muchos tenían dificultades para pintarlas, desde luego si bien era duro, te hacía mejorar en poco tiempo y quien se quejaba de la dificultad aún no se había enfrentado al dibujo de pies, eso si que era amorfo y complicado al principio.

Por fortuna él si vino ya con un tipo de arte realista fijado, pero muchos no llegaban de ese modo, sino que salían de las preparatorias con el folio y las tramas pensando que podrían mejorar sus dibujos de manga, cuando la realidad distaba de ello. Tenían que romper completamente con su estilo de dibujo habitual, volverse realistas. Una vez acabada la carrera ya sacarían su personalidad en el arte. Y ahí no acababa la cosa, también se debía tener en cuenta la escultura... la mayoría ni si quiera sabía lo que era un cincel. El punto era que los nuevos alumnos venían con una idea y alguien se tenía que dedicar a destruirla y a ayudarlos a salir del bache, allí es donde entraban ellos. Los senpais de penúltimo curso que ya bien se habían acostumbrado lo suficiente al modo de vida como para poder compaginarlo.

Él mismo había tenido en su tiempo un senpai.... ¿Cómo se había llamado? Kiri... ¿Kirimitsu? ¿Kirito? Como fuere, la cosa es que como él no había sido un iluso poco había tenido que tratar con él, además, desde el momento que vio su arte este le había desagrado, simplemente había cosas que hasta a él no le entraban por los ojos, sobre todo cuando basaba toda su vida en la belleza, la perseguía con tanto ahínco... que incluso había terminado en aquella carrera.  

La capacidad de su clase era el doble, pues estaban todos los de tercero y los de primero, apiñados en la entrada para ver con quien les había tocado, aunque los nombres simplemente eran orientativos, hasta que no preguntasen no sabrían quien era quien. El pelirrojo esperó hasta que todos hubieran visto para acercarse y ver su nombre asociado a un tal Abel V. Shvets... Negó, entrando en la sala. El delegado tomó aire, dejando un espacio para hablar.

“Ahora que estamos todos, voy a leer las listas para que se acerquen aquí y se junten por parejas los senpais y sus respectivos kouhais, por favor no se entretengan y muévanse rápido para que podamos acabar pronto.” Informó pasando a leer los sucesivos nombres mientras las parejas se iban una a una formando, hasta que no muy entrada la mitad le tocó a él, miró desinteresado alrededor buscando con la vista a aquel que debía ser su kouhai cuando el susodicho se puso justamente frente a sí.

Simplemente perdió la respiración.

Había leído en muchos libros de poesía que todos los artistas tenían una musa, un modelo del que sacarlo todo. Como el amante de Leonardo Da Avinci, que inspiró la figura de Jesús en su última cena. Él había sido un escéptico en el tema, había creído que le bastaba con pensar que en lo variado residía toda la belleza, pues su brazo abarcaba más. Pero ahora sentía que no deseaba eso, simplemente quería recoger a aquel y pintarlo de todas las maneras posibles. El subdelegado les hizo un gesto para que se retiraran y poder nombrar a la otra pareja, sentía que el otro iba a decir algo, pero no le dejó tiempo, simplemente le agarró de la muñeca con cuidado de no partírsela y tiró de él afuera hasta la habitación continua la cual cerró con pestillo.

— Rápido, sácate toda la ropa. — Se apresuró a intentar sacarle la camiseta, si lo hacía por la fuerza bien podría doblegarlo con facilidad, aunque le aterraba la idea de dañarlo, era una verdadera pieza humana, incluso sus mejilla se habían coloreado por la emoción y notaba su corazón a mil por hora. — Necesito dibujarte.
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Re: The emoty art. —Priv. Abel—

Mensaje por Abel V. Shvets el Dom Ene 10, 2016 4:54 pm

La noche anterior había salido de fiesta a la habitación de un muy buen amigo suyo, y como era de esperarse, regreso alcoholizado, con algún moretón de una posible paliza que se dio con algún otro tipo en la fiesta, y por supuesto, dispuesto a dormir durante unos treinta días, sin que nadie le molestase o jodiese con cosas como clases, tareas ni de más. Lo primero que hizo al llegar a su habitación fue tirarse en la cama y caer dormido sin siquiera fijarse en si la posición era cómoda, ni mucho menos si había cosas regadas en la cama. Solo cayó ahí, como muerto.
La mañana siguiente no fue exactamente "miel sobre hojuelas". Cuando el despertador sonó, el muchacho soso lo tomó y sin tomarse la molestia de apagarlo lo lanzó por la ventana y volvió a sus negocios; su almohada y su cama. Para cuando realmente tenía conciencia ya habían pasado aproximadamente dos horas. Había perdido una clase y aproximadamente media hora de ese tan dichoso evento que se hacía de entregarle a los de primero un compañero de uno o dos grados mayores para que le orientase a lo largo del semestre, cosa que definitivamente Abel no necesitaba. Además, ese día en especial, con un dolor de cabeza y una resaca terrible en la mesa, no tenía el humor para sandeces como aquella. No, señor. No obstante y para su suerte, un buen amigo suyo, mismo que había hecho la fiesta la noche anterior—que por cierto venía con la misma cara de pocos amigos que Abel—, abrió la puerta y le levantó de la cama, pues bien estaban tachados por mal comportamiento y se les había advertido a ambos que si no iban, estarían lavando excusados durante el resto de su vida universitaria.
Volteó el colchón y con él al pelirrojo, luego le dio un par de patadas hasta que finalmente se levantó.
—Como jodes, mierda... —Se quejó.
De ahí en más solamente se duchó y vistió, poniendose encima esa cara y vistosa chaqueta de cuero que tanto solía presumir. Antes de un santiamén ya estaba en su edificio, cumpliendo con su tan rutinaria golpiza, que le dio a un par de crío que por accidente chocaron por el, terminando por encerrarlos en un casillero a cada uno. Hasta finalmente llegar, justo, cuando mencionaron su nombre en la lista.
—Yop. —Dijo irreverente, saludando a unos amigos en la entrada de la puerta, para luego darle un golpe no muy suave en el hombro al sub-delegado, que ya conocía y que, como siempre hacía por joder. Este se ahorró las palabras y señaló al pelirrojo frente suyo, como seña de que el sería su "sempai". Si algo no necesitaba Abel era a otro muchacho diciendole como hacer las cosas. Era simple: la universidad era de sobrevivir o morir, y el era un depredador. No necesitaba ayuda. Además, como pintor, bueno, era simplemente excepcional. Tenía proporciones sorprendentes, un manejo del color magnifico, y a lo largo de su centenar y más de años había pintado más de cinco mil cuadros. ¿Por qué necesitaría él un "sempai"? Y eso era justa y meramente lo que Abel estaba a punto de decirle, mas no pudo al ser tomado y jalado como si fuese un vi juguete.
—¡¿Cuál es tu maldito problema?! —Gruñó para que le soltase, pero antes de recibir cualquier respuesta el otro pelirrojo ya estaba intentado sacarle la camisa, a la fuerza. Le empujó demostrando la fuerza que tenía,—una bestial, por cierto— luego gruñendo para que se quedase atrás. —Sé desvestirme solo.
Se sacó la chaqueta, y luego la camisa. Le miró en todo momento como si lo que estuviese haciendo fuese completamente normal, a pesar de que lo había conocido literalmente un minuto atrás. No obstante se trataba de Abel, y él no tenía pudor. Le miró muy entretenido, con esa sonrisa maligna que definitivamente no hacía más que presagiar desastres, y así, con el mismo porte y en un solo y experimentado movimiento, desabrochó el botón de su pantalón. Bajando el cierre lentamente, como si quisiese torturar al hombre, que se veía muy apresurado a dibujarle. Miró hacia abajo, dejando que su larga cabellera escarlata le tapase el rostro por el ángulo, mientras diferentes músculos de Abel se movían según los movimientos que el hiciese. A veces los de los hombros, otras las de los costados y las espalda, otras tantas, el abdomen. Finalmente bajó el cierre y se sacó el entubado pantalón oscuro, no sin antes los zapatos y los calcetines. Y sin siquiera preguntar si era demasiado, se sacó la ropa interior. Estaba en su terreno. Siendo un incubo, no tenía pena de que viesen su muy buen cuerpo.
Se estiró de forma perezosa y se recogió el cabello, haciendo un nudo con el mismo hasta formar una bolita de cabello justo en su cabeza, amarrandola para que quedase firme.






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Re: The emoty art. —Priv. Abel—

Mensaje por Björn Dietrich el Mar Ene 12, 2016 10:05 am

¿Sabes esa sensación que te oprime justo en la boca del estómago como si de un puño te lo estuviera agarrando? Justo ahora tenía esa sensación. La boca se le había secado y la saliva no era suficiente como para mantenerla húmeda, por lo que tenía un sabor acartonado en sus labios que lamía ansioso. No quería parecer un loco, así que volvió a calmar su expresión, sobre todo al retirarse el otro en respuesta. La verdad es que era algo demasiado normal reaccionar así, no era extraño, lo raro habría sido precisamente que le siguiera la corriente. Aunque no por ello no le dejaba de disgustar que simplemente no hiciera lo que le había pedido, profundizó su mirada, notando que su corazón latía con tanta velocidad que sentía se le iba a salir en cualquier momento. Nunca había sentido nada tan intenso, mucho menos por una persona que hace escasos tres minutos había visto por primera vez.

Por lo que sabía las musas eran diosas inspiradoras de las artes, ninfas, seres nacidos de la naturaleza cuyos dones daban luz a las más maravillosas obras en las manos de artistas cegados por su belleza. Aquella definición bien podría adaptarse al moreno que tenía justo frente así, si bien no era ningún dios, bien podría pasar por uno, ya que era sumamente bello. Podía imaginar que Abel era del tipo de hombre que atraía miradas allí donde iba, un poco más joven que él mismo, ya tenía el rostro de un hombre formado y aquellas facciones le estaban enloqueciendo. El fuerte mentón, el cabello colocado de manera artística, la suave curva de la mejilla que se endurecía al final, la profundidad de las cuencas de los ojos, la oscuridad de los mismos, las pestañas abundantes, la marcada nuez, los hombros rectos y tonificados... mirase por donde se mirase le parecía demasiado bello para esta vida. Aún así debía controlar sus emociones, estaba demasiado nervioso, la boca se le había secado y sabía bien que estaba en compañía de algo bello pero igualmente sabroso, como aquellos postres que eran obras de arte comestibles, daban tanta pena destrozar porque uno sabía que desde el minuto que fueran comidos, ya no quedaría nada de su belleza.

Björn acababa de encontrar a su tipo masculino perfecto, aquella musa era demasiado bello, un adonis sin lugar a dudas. Cada vez estaba más y más en tensión, sentía que el otro debería simplemente callar y obedecer, eso estaba bien, obedecerle sería lo correcto, enarcó una ceja cuando fue estrujado por el pelirrojo, provocandolo un poco, sus ojos volviéndose sumamente fríos a medida que lo veía. No lo iba a dejar hacer eso otra vez...

— Björn Dietrich, Tercero, clase 0,06... Mis especialidades son la escultura y la pintura, alumno de sobresaliente, entre mis pasatiempos está quedar para salir, comer y pintar fuera del contexto escolar. Odio que me lleven la contraria o que digan que tienen la razón, los Lunes y que se me rompan los botes de pintura por no guardarlos bien... ¿Suficiente información? No, espera, además soy tu suerte de sempai... Creo que no me he explicado lo suficientemente bien. — Intentó apartar el nerviosismo y hablar con claridad mientras se volvía a aproximar al otro, llevando ambas manos perfectamente cuidadas a la cara contraria para tomarlas con estas y verla mejor, tenía la suerte de ser casi de la misma altura. — Dios, cómo se puede ser tan guapo... — Suspiró viéndole mejor.

Tomó aire de nuevo, lo quería … Lo quería como nunca había querido nada, era el maniquí perfecto, de habérsele dado bien la fotografía también habría sido allí su modelo ideal.

— Por favor, te lo suplico, déjame pintarme, eres estudiante de artes también, tienes que comprenderlo tú también ¿verdad? Cuando se viene la inspiración no debe pararse, por favor, déjame retratarte... Sólo serán unos momentos, mientras puedo ir mostrándote cosas, te enseñaré técnicas avanzadas, ¿de acuerdo? Por favor... — Intentó no parecer una amenaza.
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Re: The emoty art. —Priv. Abel—

Mensaje por Abel V. Shvets el Vie Ene 22, 2016 11:45 pm

No comprendía muy bien el porque de aquella elección de parte de los encargados de hacer la pareja. ¿Por qué Abel tendría que estar con un tipo como este? Probablemente, y debió hacerlo; si hubiese dado una paliza a los encargados se hubiesen hecho cargo personalmente de que Abel no tocase con nadie, y así librarle de una pesada, aburrida, e innecesaria tarea. Sin duda no necesitaba ayuda, además, siempre había aprendido extremadamente rápido. No era un prodigio... era todo un genio. ¿Por qué alguien como él tendría que ir por ahí buscando un sempai que probablemente le retrasaría o le traería problemas. Por suerte era atractivo a la vista, de otro modo ya hubiese salido de ahí y lo habría dejado colgado, aunque, sinceramente, seguro que ya no tardaba demasiado en hacerlo.
Abel era una persona de combustión espontánea. Podía suceder cuando sea, sin previo aviso y completamente al azar, y nadie podría percatarse de ello sino hasta el momento exacto. Lo suyo definitivamente era hacer las cosas por su cuenta, valerse solo y tener el menor contacto con los demás. Solía causar problemas cuando estaba entre mucha gente, y si alguna vez había sido bueno cooperando o no, eso era un completo enigma que solamente él podría responder. Quizá un pasado del que no había quedado fragmento; o quizá nada, nunca. Tener alguien que intentase enseñarle, simplemente le parecía tan inaceptable. Podía valerse completamente solo, como lo había hecho desde que tuvo acto de conciencia, de niño, hace mucho, mucho tiempo. Incluso aquel otro era un hombre entretenido, Abel solía aburrirse rápido de las cosas. ¿Cuánto tiempo tardaría en realmente cansarse? ¿Cuánto pasaría antes de que se decidiese al fin a cortarlo todo? Era todo un enigma, no obstante, era seguro que sucedería, justo como había sucedido muchas veces antes.
Al terminar de sacarse la ropa y dejarla a un lado, mirándole venir de regreso, gruñó feroz, frunciendo el ceño y no retrocediendo ni un poco paso. No se dejaba hacer por nadie, nunca. Cuando este le tomó, sus ojos se afilaron, permitiéndole, y solo por un segundo, hacer de las suyas. Le escuchó sin realmente escuchar, mientras este se presentaba de forma innecesaria. ¿Por qué? Abel definitivamente no lo haría. Finalmente, cuando este susurró sus cosas, Shvets dio un golpe con la parte trasera de su mano derecha, separando las manos ajenas del contorno de su cara y moviendo perezosamente el cuello hasta hacerlo tronar, sin prisas, le escaneó filosamente, cual un depredador, evaluando si su presa era lo mínimo necesariamente gorda para asecharla, o dejarla libre. Bufó justo en la cara ajena, con toda la irreverencia que una capa delgada de aire era capaz de guardar, riendo un poco.
—Veamos que tan rápido es el prodigio. —Pronunció, dando lugar a una masculina voz, con un acento probablemente parecido al ruso, en el planeta tierra. Aunque quizá, sin duda, tenía un toque de erotismo natural. —Tienes cinco minutos.
Se sentó en el escritorio frío con su piel desnuda, levantando una pierna y recargando la palma del pie en la orilla de la misma mesa, mientras dejaba la otra colgar. Dejó descansar uno de los codos en su rodilla alzada y le miró entretenido, como si se tratase de un niño con un juguete.
—Quiero ver tus manos volar, prodigio. Que si no, la oportunidad volará primero. —No dijo más.






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Re: The emoty art. —Priv. Abel—

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